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Esta ilustración, como las otras del libro, es de Amancio González Andrés, perfecta para el poema al que acompaña y para cerrar el libro.
Al que contempla más veces
se le cae el cabello también.
Me conoce el anestesista
y sabe de mis gustos, labios
no mutilados por el filo de la felicidad.
Nos falta la última ciruela,
los dedos que nunca van a reunir
su secreto y mi ternura.
Nos quedan tantas cosas
por hacer, el contagio de mi voz
por su silencio.
Al día siguiente nos verán sonreir
los armoniosos y los menos lúcidos.
Yo confío en la dosis exacta.
Sin mucho calor, sin despedidas.
Luis Miguel Rabanal, de Mortajas
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