AL DUEÑO DE LOS TRENES DE MI INFANCIA: MI PADRE.
Viajábamos en tren
(la catenaria fue siempre una palabra misteriosa),
dominabas el mundo de mi infancia,
las vías, los andenes y las máquinas:
inglesas, japonesas,
el mito de las que no pudieron
subir de nuevo el puerto…
¿Caducan los recuerdos?
-no lo sé-
las lágrimas, compruebo, no caducan.
¡En qué orfandad la muerte traicionera
me viene acomodando!
Me acecha tan de cerca
que, a veces,
puedo sentir su aliento a mi lado.
Tal vez la catenaria redentora
me encarrile de nuevo
y vuelvas a ponerme una moneda
-en la vía-
al paso de algún tren de pasajeros.
EM